Ella, que no sabía ni leer ni escribir, lo mismo que Carlo Magno un siglo antes, quiso dar el ejemplo a sus súbditos, sentándose en la escuela con los pequeños alumnos para aprender las vocales. Matilde nació en el 895 y su padre fue el conde Dietrich de Westfalia, y fue criada por la abuela, llamada también Matilde, Abadesa en el convento de Herford. A los catorce años, cuando se casó con Enrique, duque de Sajonia y después rey de Alemania, ya estaba preparada para la misión que la esperaba. Inteligente y activa, se demostró digna compañera del batallador soberano, dedicándose con las armas de la caridad a corregir injusticias y a suavizar con humanísimo tacto las asperezas de las contiendas dinásticas, primero al lado del esposo y después al lado de los hijos Otón y Enrique.
En su predilección por este último demostró que le interesaban más las razones del corazón que las del Estado. Tanto se preocupó que en el 947 logró la definitiva reconciliación de los dos hermanos: en esa ocasión el rey Otón le concedió al hermano Enrique el ducado de Baviera. En el 962 Otón fue coronado emperador en Roma, y Matilde, después de haberse despedido de su hijo Rey y de su otro hijo, Bruno, llamado el santo, que después fue arzobispo de Colonia, fue a encerrarse, primero en el convento de Nordhausen, y después en Quedlinburg, en donde Murió el 14 de marzo del 968 y fue enterrada junto al marido. En los escritos de la época ya se la llamaba santa, “mujer de admirable piedad, ideal de reina cristiana”. |