Juan Brébeuf había nacido en 1593 de una familia normanda que había acompañado a Guillermo el Conquistador y a san Luis IX. Se hizo jesuita y fue ordenado sacerdote a los 29 años. Tres años después, en compañía de los padres Massé y Lalemant y el franciscano Joseph Roche d’Aillon, partió para Canadá. La primera tribu con la cual tuvo contacto fue la de los Algonquinos, que acompañó cinco meses durante las cacerías por los bosques llenos de nieve; tenía grande espíritu de observación y buena memoria, y esto le facilitó el aprendizaje del idioma de la tribu, de la que escribió una gramática y un vocabulario. Pasó después entre los hurones, en cuya lengua ya desaparecida redactó un catecismo, precioso aun desde el punto de vista filológico. Con infinita paciencia recomenzó la misión entre los hurones, después que terminaron las luchas entre franceses e ingleses. Los indios lo admiraban mucho por su calma, su inteligencia y hasta por su fuerza (lo llamaban Echon, “el hombre que lleva los pesos”). Hacia 1637 pudo administrar los primeros bautismos a los adultos: cuando murió, ya habían unos 7.000 hurones cristianos.
Toda su vida fue un martirio: “Nuestras chozas son de cortezas, como las de los salvajes...”. El interior de las chozas es una pequeña imagen del infierno. Ordinariamente no se ve ahí sino fuego y humo; aquí y allí se ven cuerpos desnudos, ennegrecidos y medio quemados, entre tropas de perros”. El 16 de marzo de 1649 los iroqueses, enemigos de los hurones, atacaron la misión, amarraron a Brébeuf a un árbol, le arrancaron las uñas, lo despellejaron, lo torturaron de mil modos y, finalmente, admirados de su valentía, le abrieron el pecho y se comieron el corazón, para adueñarse de su fuerza de ánimo. Con siete de sus compañeros mártires (Antonio Daniel, Carlos Garnier, Gabriel Lalemant, Juan de La Lande, Isaac Jogues, Natale Chabanel y Renato Goupil) fue canonizado el 29 de junio de 1931. Su fiesta cae el 19 de octubre. |