El juez, un cierto Aqueo, fastidiado por este contratiempo, le preguntó a Marino cuál era su religión. La respuesta del soldado fue clara e inmediata: “Soy cristiano”. El juez le dio tres horas para reflexionar. Cuando salió del tribunal, se encontró con el obispo Teotecno que, después de haber conversado con él, lo llevó a una iglesia y allí lo condujo a los pies del altar; después le levantó el manto y le mostró la espada que llevaba al cinto, luego le mostró el Evangelio y le dijo que escogiera. Marino no dudó ni un instante y escogió el Evangelio. “¡Sé, pues, de Dios -concluyó el obispo-, vete con Dios y, fuerte en la gracia, consigue lo que has escogido. Vete en paz!”.
Habían pasado las tres horas. Marino regresó al tribunal y ante el juez proclamó su fe “con valentía todavía más grande”. Inmediatamente fue condenado a la pena capital y ejecutada la sentencia. Durante el martirio del joven oficial estaba presente Asterio, que quiso emularlo en la valentía, echándose sobre las espaldas el cuerpo del mártir para darle digna sepultura, sabiendo que ese gesto lo comprometería a él. |