El ángel usa el lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento en sus profecías mesiánicas, comenzando con la invitación a la alegría y garantizando la ayuda de Dios a la Virgen elegida para la sublime misión. María es objeto de las complacencias divinas: el Señor está con ella, ha hallado gracia a los ojos del Altísimo, será virgen y Madre de Dios. María misma reconoce en las palabras del ángel los términos proféticos que preludian la revelación respecto del Mesías. Comparando la profunda religiosidad del confiado abandono de María a la voluntad divina con lo que hay de sobrenatural en el mismo anuncio, podemos afirmar que en el momento de su respuesta definitiva, del “fiat”, en ella ya estaba presente de modo real lo que se manifestaría poco a poco en el transcurso de su vida, gracias al contacto con su divino Hijo. “En el momento de la Anunciación, María es la más elevada expresión de la espera de Dios y del Mesías en el Antiguo Testamento; es la síntesis y el punto culminante de la espera mesiánica hebrea. Así es como la ve san Lucas en el ‘Magníficat’; así es como la ve la patrística que está reviviendo en la teología contemporánea.
A causa de la gracia de su nacimiento sin mancha y de su consagración virginal a Dios, María fue, a los ojos de la luz y de la fe, de una receptividad excepcionalmente exquisita y delicada. Gracias a esto, en su persona, ella señaló la apertura fundamental y cada vez más precisa en la que debía brotar la espera del Antiguo Testamento por Yavé-Salvador”. |