En el año 384, en Roma, morían contemporáneamente el patricio Vezio Agorio Pretestato, cónsul designado para prefecto de la ciudad, y la matrona Lea. Ésta había enviudado y había rechazado un segundo matrimonio con el rico representante de la nobleza romana para unirse a las primeras comunidades femeninas cristianas, que había organizado san Jerónimo. Este Santo, amargado por las malignas insinuaciones de influir demasiado y no sólo espiritualmente sobre las matronas Marcela, Paula, Proba y Lea, abandonó Roma y se retiró a las cercanías de Belén para llevar una vida solitaria. Cuando conoció la noticia de la muerte de Lea y del cónsul, se sirvió de la ocasión para hacer algunas consideraciones en una de sus numerosas cartas.
Lea se había consagrado totalmente al Señor; en el monasterio había sido madre superiora de las vírgenes; había cambiado sus lujosos vestidos de un tiempo por el rudo traje que mortificaba sus miembros; fue maestra de perfección para las demás no sólo con las palabras, sino sobre todo con el ejemplo. Fue de una humildad tan profunda y tan sincera que, después de haber sido una gran dama, con mucha servidumbre a sus órdenes, se consideró después como una sierva. Despreciable su vestido, frugal el alimento, descuidaba el arreglo de su cuerpo; cumplía a cabalidad su deber y no hacía ninguna ostentación de las buenas obras para no recibir la recompensa en esta vida”. Este “fenómeno de locura”, o mejor, esta elección incómoda, que le hizo preferir “el secreto ámbito estrecho de una celda” a la comodidad de la lujosa residencia, que hubiera podido gozar como futura “primera dama” de Roma, colocó a esta matrona romana sobre el pedestal de una gloria que no teme el deterioro del tiempo, la santidad. |