Gontrán, sobrino de santa Clotilde, que surge de los siglos oscuros del medioevo con la aureola de la santidad, no fue ejemplar en su juventud. Repudió a la primera esposa, Veneranda, por no haberle dado sino un solo heredero que murió muy niño. La segunda esposa, Merestrude, no corrió mejor suerte, porque murió poco después junto con su hijito. Austrechilde, la tercera esposa, le dio dos hijos que murieron muy jóvenes.
De estas experiencias familiares tan trágicas el Rey concluyó que eso se debía a los pecados cometidos, y para no caer de nuevo en la tentación de cambiar de esposa, adoptó al pequeño Quieldeberto, un sobrino suyo huérfano. Gontrán, en efecto, tenía tres hermanos, a cada uno de los cuales le había correspondido en herencia una buena parte del reino franco. Repartir un reino en cuatro partes quiere decir condenarlo a un fin sin gloria, devorado por el poderoso vecino. De esto se dieron cuenta los cuatro sobrinos del gran Clodoveo, que entre conjuraciones, asesinatos e incidentes de varios géneros terminaron eliminándose mutuamente, en beneficio del único sobreviviente, que fue precisamente el Santo que veneramos hoy.
Gontrán orientó los últimos años de su vida hacia obras de edificación espiritual, con ayunos y oraciones que le valieron la aureola de la santidad. Murió en el 593, casi a los 70 años. |