Dios premió la paciencia del humilde labrador, multiplicando el poco trigo que le había quedado en el granero. Cuando pudo regresar a su barrio madrileño, después de la forzosa emigración, lo contrató un hacendado más comprensivo, Juan Vargas, que lo hizo su brazo derecho. Pero nuevamente fue víctima de la envidia de los otros trabajadores, sin embargo, Isidro aceptó serenamente la prueba sin protestar. Vargas quiso darse cuenta personalmente y se escondió cerca del campo en donde trabajaba Isidro. En efecto, lo sorprendió arrodillado rezando, pero también vio a un ángel que manejaba el arado y a otro que guiaba a los bueyes. Desde ese día, como bien se puede comprender, la estimación se convirtió en devoción. Ayudado por la piadosa esposa, en una noble competencia de caridad para con el prójimo, Isidro no sacó ninguna ventaja personal de la benevolencia de su patrón: siguió trabajando la tierra con todo empeño, y repartía con los pobres los bienes materiales que ganaba con el sudor de su frente. Siempre tenía algo para dar a los necesitados, aun a los pájaros, a los que les iba dejando por el camino manotadas de trigo, sin que éste disminuyera. Murió hacia el año 1130. Felipe II, atribuyendo su curación a la intercesión del santo campesino, del que se había hecho llevar algunas reliquias, se convirtió en el más celoso promotor de su canonización que, aunque se demoró, fue una verdadera apoteosis. |