Víctor, Nabor y Félix eran tres soldados provenientes de Mauritania y que se encontraban en Milán. Obligados, como otros compañeros en la milicia y en la fe, a elegir entre el emperador y Dios, su elección fue clara y decidida. Pero su objeción de conciencia le procuró a Víctor sólo el arresto y la celda de rigor. Después de haberle hecho pasar seis días sin comer ni beber para enflaquecer su resistencia, fue llevado al hipódromo del circo (cerca de la actual Puerta Ticinesa): aunque el interrogatorio fue hecho por el mismo Maximiano Ercúleo y su consejero Anulino, Víctor se negó rotundamente a sacrificar a los ídolos, y así continuó aun después de una severa flagelación. De nuevo lo llevaron a la cárcel en donde ahora se encuentra la Puerta Romana, y allí lo torturaron: entre otras cosas, le echaron plomo derretido sobre las llagas, pero el heroico soldado africano permaneció firme en su fe.
Una vez aprovechó el descuido de sus carceleros y logró evadirse y refugiarse en un establo cercano, junto a un teatro. Pero su peregrinación terrena estaba por terminar: fue descubierto y llevado a un bosque cercano en donde fue decapitado. Dejaron su cuerpo a la intemperie durante una semana, hasta cuando el obispo san Materno lo encontró todavía intacto y custodiado por dos fieras. |