En la antigua Roma pagana junto al pontífice que celebraba el rito había un acólito que periódicamente repetía: “Age quod agis”, piensa en lo que estás haciendo. El barnabita, padre Alejandro Sauli, durante la celebración de la misa tenía a su lado a un cohermano para que le recordara a qué punto iba la celebración, no porque estuviera distraído, sino por los continuos éxtasis. Alejandro Sauli nació el 15 de febrero de 1534 en Milán, y sus padres eran Domingo y Tomasa Spinola, descendientes de antiguas y nobles familias de Génova. Desde muy niño demostró una grande inclinación a la oración y al estudio. Devoto de la Virgen, se consagró a ella con un voto especial de virginidad. A los 17 años de edad, abandonó una brillante carrera en la corte de Carlos V y logró agregarse a los Clérigos Regulares de san Pablo (Barnabitas). En esa ocasión, para demostrar su vocación, fue a la plaza central de los mercados y desde un palco improvisado por un titiritero predicó a la atónita y curiosa muchedumbre el amor a Dios y el desprecio de las efímeras riquezas del mundo. Demostró también su extraordinaria memoria aprendiendo toda la Suma Teológica de santo Tomás y las obras de san Juan Crisóstomo y de san Gregorio Magno. El 24 de marzo de 1556 fue ordenado sacerdote, y a los 36 años de edad fue elegido superior general de la Orden, y después fue reelegido por otros dos períodos, hasta cuando el papa Pío V lo nombró obispo (lo consagró su amigo san Carlos Borromeo, obispo de Milán) y lo destinó a Aleria en Córcega. “Aquí por lo menos Dios no nos faltará”, exclamó el Santo obispo ante el primer impacto con la triste realidad de la isla. Fue para todos un padre solícito, gran maestro de vida cristiana y ángel de paz, aplacando odios y venganzas que reinaban desde mucho tiempo atrás en las familias. Por su heroica caridad y dedicación se le dio el merecido título de “ángel tutelar, padre de los pobres, apóstol de Córcega”. Obedeciendo la invitación del papa Gregorio XIV, su antiguo hijo espiritual, dejó en octubre de 1591 a Córcega para ir a la nueva sede episcopal de Pavía, en donde fue recibido con mucha alegría el 20 del mismo mes. “En menos de un año esa alegría se convertirá en luto”, dijo el obispo. Y su profecía se cumplió puntualmente, como tantas otras (en efecto, poseía el don de la contemplación, del escudriñamiento de los corazones y de la profecía). Murió durante una visita a Calosso de Asti, el 11 de octubre de 1592, a los 58 años de edad. Fue beatificado en 1752, y canonizado por Pío X en 1904. |