En la iglesia de Santa María en Solestá de los capuchinos, en Ascoli Piceno (Italia), en donde está enterrado el Hermano lego san Serafín, el pintor Augusto Mussini representó las varias fases de la vida del humilde hijo de san Francisco, cuya vocación al convento tuvo origen en una piadosa lectura que escuchó a la joven hija del empresario, a quien servía como albañil el joven Félix Rapagnano (era su nombre de pila). Tenía entonces 18 años. Había nacido en 1540 en Montegranaro (Ascoli Piceno) de padres humildes pero ricos de virtudes cristianas, y mientras sus coetáneos se dedicaban a los estudios, él tenía que dedicarse a cuidar el rebaño de un campesino. Félix creció analfabeto, pero sabía leer en el gran libro de la naturaleza, con los mismos ojos profundos del seráfico Pobrecillo de Asís. Más tarde, cuando murió el padre, se unió al hermano mayor que lo llevó consigo a Loro Piceno donde un tal Mannucci. Durante los cortos períodos de descanso se acercaba tímidamente a la joven hija del patrón, no atraído por natural simpatía, sino porque ella leía en voz alta y él quería alimentar su rústica mente con esas lecturas. Esa joven fue la que precisamente lo llevó hacia el convento. Félix se fue a Tolentino en donde los hijos de san Francisco lo recibieron con cierta dificultad. Hizo el noviciado en Jesi, en la profesión tomó el nombre de Serafín, y su lema era el mismo de Fray Egidio: “El camino para ir hacia arriba es el de ir hacia abajo”. Desempeñó los trabajos más humildes del convento: portero, hortelano, mendicante. Pero parece que por más esfuerzos que hacía no lograba contentar a sus superiores. Sin embargo, este fraile de escasas aptitudes, casi analfabeto, incapaz pero nada perezoso (sabía hacer producir el huerto mejor que cualquier otro), cuando iba de puerta en puerta por las calles de Ascoli Piceno, en donde finalmente tuvo una residencia fija, porque los mismos ciudadanos se opusieron a su traslado, sabía comunicarse con las personas de cualquier clase social; en efecto, para todas tenía palabras adecuadas de ánimo, de exhortación, de consejo, uniendo a la sencillez de su trato la gravedad del hombre sabio y rico interiormente de la sabiduría divina. A su muerte, acaecida el 12 de octubre de 1604, todos los ciudadanos quisieron rendirle homenaje a sus restos mortales, peleándose cualquier objeto que hubiera pertenecido al humilde fraile limosnero. Fue canonizado por Clemente XIII el 16 de julio de 1767. |