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LUNES 17 DE OCUTBRE

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA (Obispo y mártir)


La metrópolis Siria, Antioquía, tercera en orden de grandeza del vasto Imperio Romano, tuvo como primer obispo al apóstol Pedro, al que le sucedieron Evodio y después Ignacio, el Teóforo (Portador de Dios), como a él le gustaba llamarse. Corazón ardiente (el nombre Ignacio viene de “ignis”, fuego), se lo recuerda sobre todo por las expresiones de intenso amor a Cristo, que él escribió durante el viaje de Antioquía a Roma, a donde era llevado prisionero, víctima ilustre de la persecución de Trajano (98-117). En esa ocasión el Santo obispo escribió siete cartas dirigidas a varias Iglesias y a san Policarpo, en las que trataba sabia y eruditamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana.
Llevado encadenado a Roma, en donde fue condenado a morir devorado por las fieras en el año 107, fue objeto de afectuosas atenciones por parte de las varias comunidades cristianas de las ciudades por donde pasó. Muchos hicieron todo lo posible para que no se le aplicara la pena capital, pero Ignacio deseaba el martirio más que cualquier otra cosa y les pedía a los hermanos de Roma que no intercedieran en su favor ante las autoridades imperiales, pues quería dar testimonio de Cristo con su martirio: “Déjenme ser alimento de las fieras, que me permitirán gozar de Dios. Yo soy trigo de Dios. Es necesario que sea molido por los dientes de las fieras, para que me convierta en puro pan de Cristo”.
Su anhelo de llegar a Dios, de encontrar a Cristo, expresado con una intensidad como la que encontramos en san Pablo, es una característica de la mentalidad de las primeras comunidades cristianas, en deseosa espera de la inminente parusía. El hubiera querido que su cuerpo encontrara la tumba en el enorme vientre de una fiera hambrienta para que sus funerales no tuvieran que ir a cargo de nadie. Pero los cristianos de Antioquía veneraban, desde la antigüedad, su sepulcro en las puertas de la ciudad y ya desde el IV siglo celebraban su memoria el 17 de octubre, día adoptado ahora también por el nuevo calendario, en vez del lo. de febrero.
Sus cálidas palabras de amor a Cristo y a la Iglesia quedarán en la memoria de todas las generaciones futuras. Quien las escribe es un místico y un obispo, es decir, un hombre que encarna en sí las prerrogativas de la autoridad y los carismas del espíritu. Los dos elementos se funden en el llamamiento a la unidad visible de la Iglesia, que es una característica constante en la enseñanza de san Ignacio: “Allí en donde esté el obispo, está la comunidad, así como en donde esté Cristo Jesús, allí está la Iglesia católica”, escribe en la carta dirigida al entonces joven obispo de Esmirna, san Policarpo. Las expresiones “Iglesia católica” y “cristianismo” parece que son neologismos creados por él.


octubre 17


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