Por una pequeña línea el cielo y la devoción de los fieles se enriquecieron con 10.989 santas. En efecto, parece que no hay duda de que santa Ursula no sufrió el martirio con ll.000 vírgenes, sino sólo con 11. Se sabe que 11 en latín se escribe XI, pero basta una pequeña línea puesta sobre este número para que quede multiplicado por mil. Los epígrafes antiguos no son claros ni siquiera a los estudiosos, y así, cuando se encontró en el siglo VIII cerca de una iglesia de Colonia (Alemania) una tumba con algunas reliquias de jóvenes y con una inscripción que hablaba de Ursula y compañeras, fue muy fácil a la devoción popular pensar que se trataba de un gran ejército de jovencitas. Naturalmente, pronto hubo quien precisó algún particular y quien precisó otro, y en poco tiempo se obtuvo la narración completa, legendaria sí pero también bastante verosímil (por lo menos para la buena fe de los fieles sencillos, quienes efectivamente le dieron fama y difusión a la narración). Decía, pues, esta narración legendaria que Ursula era hija de un Rey cristiano de Inglaterra. La niña era bellísima y cuando tenía sólo ocho años de edad despertó la admiración y el amor de un príncipe pagano que la pidió por esposa. La niña, bella físicamente pero más bella espiritualmente, se había entregado a Dios en secreto, y como veía que su padre miraba con simpatía al joven príncipe creyó más prudente no manifestar de inmediato esta secreta entrega a Dios, sino más bien recurrir a algún truco para hacer imposible o por lo menos muy remota la posibilidad de matrimonio. Pidió, pues tres años para conocer mejor la voluntad del Señor respecto de ella, la conversión del joven pretendiente, y finalmente que ella y cada una de sus diez doncellas pudieran tener mil doncellas cada una. La segunda y la tercera condición fueron cumplidas en el menor tiempo posible. Y para hacer pasar los tres años, Ursula creyó oportuno irse con todas sus doncellas, en su mayoría paganas, para el continente, subiendo por las orillas del Rin: una por una, todas la compañeras de Ursula, atraídas por la palabra y el ejemplo de la piadosa princesa, pidieron el bautismo, y todas juntas lo recibieron en Basilea. Cuando iban de regreso, en Colonia, se encontraron con los Hunos de Atila, que martirizaron a las doncellas pero no le hicieron nada a Ursula, pues el mismo Atila se enamoró de ella, y fue su propio verdugo. |