“El provecho y la alegría que la soledad y el silencio del yermo producen a cuantos lo aman, sólo pueden apreciarlos quienes han tenido experiencia de ellos”. Así escribía san Bruno a un amigo, poco antes de la muerte, el 6 de octubre de 1101 en Torre (Calabria). El siglo XI, rico de fermentos religiosos, se caracteriza por un renovado deseo de vida solitaria, según las reglas eremíticas del monaquismo primitivo. Ejemplo inalterable de este modelo de vida cenobítica es la Cartuja de Serra San Bruno, en el corazón de Calabria, que el mismo Santo elogiaba por “la dulzura del aire y la vasta y sonriente llanura, rodeada de montañas, de verdes pastos y pespuntes de flores”: a la iglesia, único lugar en donde los frailes se encuentran para rezar el Oficio, le hacen de corona pequeñas casas de dos piezas, una en el primer piso que sirve de laboratorio, y otra en el segundo piso, inviolable habitación del monje, en donde él reza y duerme. Encerrado en el arco de las celdas se encuentra el cementerio del yermo: sepulturas de tierra con una Cruz de madera en las que ni aparece el nombre del difunto. “Esta paz que ignora el mundo —escribe el Santo— es propicia a la alegría del Espíritu Santo”. San Bruno nació en Colonia (Alemania) en 1035 de noble familia, estudió en la escuela episcopal de Reims, en donde, después de la Ordenación sacerdotal, desempeñó el cargo de profesor de teología. Tuvo como alumnos a Eudes de Chatillon, el futuro papa Urbano II y a san Hugo de Grenoble. Nombrado canciller del arzobispado de Reims, atacó la elección simoníaca del obispo Manasse, depuesto después por Gregorio VII, que llamó a sucederlo al mismo Bruno. Como el Rey puso el veto a su elección, Bruno resolvió realizar una juvenil aspiración: primero se retiró a Seche-Fontaine, cerca del monasterio de Molesme, en el yermo que le asignó el abad san Roberto; después al territorio de Grenoble, en el solitario valle de la Cartuja, o Chartreuse, cuna de la Orden de los Cartujos, porque a san Bruno pronto se le unieron otros religiosos, atraídos por el mismo ideal de vida eremítica. El Santo abad no pudo seguir gozando de la paz de la Cartuja, porque un antiguo alumno suyo, que llegó a ser Papa, lo llamó a Roma como consejero. Era el 1091. La estadía en Roma fue breve: los monjes, no pudiendo adaptarse a la cercanía de la ciudad (habían fundado una cartuja cerca de las Termas de Diocleciano), obtuvieron el permiso de regresar a Grenoble, y el abad Bruno, después de dejar la curia pontificia, pudo bajar a Italia meridional para fundar en un lugar adecuado una nueva Cartuja, siguiendo el modelo de la francesa. |