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Los salmos tienen su origen en la recopilación de los cánticos del Templo de Jerusalén. La tradición quiso pensar que el rey David había fijado las normas de esta liturgia y le atribuyó un gran número de salmos, al igual que atribuyó a Salomón los libros de la Sabiduría. Es probable que los levitas, a cargo de los cantos y melodías, “hijos de Asaph” o “hijos de Yedutum”, jugaran un papel importante en su composición o en su selección. En el transcurso del tiempo las recopilaciones se enriquecieron con oraciones personales o lamentaciones colectivas, expresión de otra época donde la piedad personal y las vicisitudes de la comunidad creyente cobraron matiz diverso.




Los salmos han alimentado la piedad popular y han sido la oración de Jesús. Son todavía la base del oficio litúrgico que recitan hoy en día varios centenares de miles de religiosos, religiosas, sacerdotes, diáconos y laicos.



Los salmos desconciertan a muchos cristianos, porque en ellos no encuentran sus propias aspiraciones. Pero somos nosotros los que debemos adaptarnos, o mejor dicho, dejarnos educar y formar por ellos. Si deseamos estar en sintonía con Dios, no podemos aferrarnos indefinidamente a nuestra propia forma de ver y sentir los hechos. Hay que saber escuchar su palabra y abrirnos al Otro.



Orar con los Salmos (1-4)


GALERIA DE IMÁGENES


HAZ CLIC Y ESCUCHA LOS SALMOS

SALMO 1 (DICHOSO EL QUE SIGUE LA VOLUNTAD DE DIOS)


Salmo 2 (TÚ ERES MI HIJO)


Salmo 3 (TÚ, SEÑOR, ERES MI ESCUDO)


Salmo 4 (SOLO TÚ, SEÑOR, ME HACES VIVIR CONFIADO)


Salmo 5 (TÚ, SEÑOR, BENDICES A LOS JUSTOS)





 
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