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"La Palabra de Dios no está encadenada". 2Tm 2,9

VII. POR EL CAMINO DE LOS EVANGELIOS 






Según nos lo enseña el Concilio Vaticano II, los cuatro Evangelios “… narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseño realmente hasta el día de la ascensión.




  1. ¿Qué son “los Evangelios”?

Por el contexto de la Biblia, llamamos “Evangelios” a los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, según el orden indicado por el canon (= lista oficial de los libros de la Biblia, establecida por la Iglesia). En concreto, los Evangelios son: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Los Evangelios son cuatro narraciones acerca de la vida de Jesús, sus enseñanzas y su obra, reflexionadas, vividas y celebradas en la fe de las primeras comunidades cristianas. De aquí podemos deducir que el interés prioritario de los Evangelios no es hacer biografía estricta de la vida de Jesús, sino más bien, proponer una catequesis fundamentada en la vida del Señor, sin que esto implique un desprecio del valor histórico de los Evangelios.

Según nos lo enseña el Concilio Vaticano II, los cuatro Evangelios “… narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseño realmente hasta el día de la ascensión. Después de este día los apóstoles comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban la resurrección gloriosa de Cristo y la enseñanza del Espíritu de la verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos, a la situación de las diversas Iglesias, conservando siempre el estilo de la proclamación: así nos transmitieron datos auténticos y genuinos acerca de Jesús: sacándolos de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio y se fueron ministros de la Palabra, los escribieron para que conozcamos la verdad. (Lc 1, 2-4) de lo que nos enseñaban” (Dei Verbum, 19). 
 

  1. ¿Qué es, entonces, “El Evangelio”?

 Cuando mencionamos en plural “los Evangelios”, por lo general, es para referirnos a las cuatro narraciones evangélicas; en cambio, cuando decimos en singular “El Evangelio” es para referirnos a la BUENA NOTICIA, la Buena Nuevo en sentido integral. En efecto, el término “evangelio” tiene origen griego y significa “buen anuncio”, “alegre o feliz noticia”.

Mientras en tiempos de Homero el evangelio era la propina o recompensa que se le daba al portador de las buenas noticias, y en la época clásica designaba los sacrificios ofrecidos en acción de gracias por una buena noticia, ya en la época helenística llegó a significar la buena noticia misma.

En el lenguaje bíblico del Antiguo testamento, evangelio significaba sobre todo el anuncio de victoria, y los profetas adoptaron este término para indicar el cumplimiento de las promesas mesiánicas; en el Nuevo Testamento, por su parte, Jesús mismo se apropia del concepto “evangelio” para declarar la realización en él de las profecías y la irrupción del Reino de Dios (Cf. Mc 1, 14-15).

En tiempos de Cristo “evangelizar” significaba, entonces, comunicar la buena noticia de que la salvación ya había llegado a los hombres, que Dios había dado cumplimiento a sus promesas a favor de la humanidad. En Nazaret, al inicio de su vida pública, Jesús aplica a sí mismo las palabras del profeta Isaías (61, 1-2) y se proclama como el enviado de Dios para traer a los pobres la Buena Nueva (Cf. Lc 4, 16-21).

Después de la muerte de Jesús, el término “evangelio” se hace usual y típico en san Pablo, para designar el anuncio de la muerte y resurrección de Cristo, principio de redención y liberación de todo hombre. En boca de Pablo la palabra Evangelio recibe una fuerte carga de entusiasmo y de energía salvífica (Cf. 1Ts 1, 5).

En fin, podemos decir que existe ante todo “El Evangelio”, la Buena Noticia de Jesús y su mensaje salvador, como palabra viva predicada por Jesucristo y por los apóstoles, y sólo a partir del segundo siglo, entre los cristianos, se empezó a usar el término (en plural) para designar las narraciones escritas que contienen la buena Nueva; es decir, los cuatro libros que ofrecen un relato ordenado (Lc 1, 3) de la vida y mensaje de Cristo. 
 

  1. ¿Quiénes son los autores de los Evangelios?

Por fortuna conocemos relativamente bien a los autores de los cuatro Evangelios, y que justamente han dado el nombre a sus respectivos libros: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

De estos cuatro escritores sagrados, dos eran parte del grupo de los doce apóstoles de Jesús: se trata de Mateo, llamado también Leví, aquel famoso publicano llamado por el Señor mientras estaba en su “mal visto” trabajo de recaudador de impuestos; y Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, también llamado apóstol, llamado por Jesús mientras cumplía, junto a su hermano y su padre, la diaria faena de humilde pescador (Cf. Mt 9, 9-13 y Mt 4, 21-22).

Los otros dos evangelistas, es decir, Marcos y Lucas, no tuvieron la dicha de ser testigos oculares de los acontecimientos que narran acerca de Cristo, pero sí disfrutaron la ocasión de estar muy cercanos, como discípulos, de los dos principales apóstoles: Pedro y Pablo. De hecho, Marcos fue discípulo de Pedro, después de haber acompañado temporalmente también a Pablo; y Lucas fue a su vez discípulo y compañero de Pablo en sus viajes misioneros, como el propio Lucas lo hace saber en los Hechos de los Apóstoles. 
 

  1. ¿Qué relación existen entre los cuatro Evangelios?

Podemos decir que los cuatro evangelistas representan cuatro diversas miradas o enfoques del único Evangelio de Cristo, que es la realidad sustancial que está a la base y da unidad a los Evangelios; así pues, los cuatro Evangelios son cuatro testimonios que se enriquecen y se complementan mutuamente, conservando, sin embargo, cada una de sus características propias.

El mensaje salvífico de Jesús y la inspiración del Espíritu Santo constituyen la fuente original y primera de la cual brotan los cuatro Evangelios. Para comprender mejor este aspecto podríamos decir que así como los diversos instrumentos musicales interpretan la misma melodía, y a pesar de ser distintos llegan a configurar una única y bella sinfonía, algo similar ocurre en el tema que nos ocupa: cada evangelista, desde sus personales experiencias, recuerdos, estilo propio, etc., ofrece su particular aporte para junto al aporte de los otros se conforme y comunique el único mensaje de Jesús. 
 

  1. ¿Por qué existen diferencias entre los Evangelios?

Como había quedado insinuando anteriormente, el hecho de que existan diferencias entre los cuatro evangelistas no sólo es evidente, sino incluso lógico y conveniente. Si todos los instrumentos musicales sonaran idénticamente igual no se podría a preciar la belleza polifónica de una obra musical. Ahora bien, los motivos principales de las diferencias entre los Evangelios podríamos resumirlos en los siguientes:    

  1. En primer lugar, cada uno de los evangelios narra e interpreta los acontecimientos acerca de Jesús según su propia experiencia, su propia sensibilidad, según su estilo personal, condicionado además por las características cristianas en la cual profesa, vive y celebra su fe. La experiencia de Jesús se bajo los detalles y notas particulares de cada persona y de cada comunidad, conservándose en todo caso lo que es esencial y común a todos.
  2. Otro motivo muy importante a tener en cuenta es que cada evangelista organizó y redactó el material del que disponía acerca de Jesús y según el objetivo que se proponía al escribir su Evangelio, y según también los destinatarios a los cuales se dirigía. Por ejemplo, mientras Mateo escribía para cristianos venidos básicamente del judaísmo, Marcos, en cambio, se dirige a cristianos provenientes del mundo pagano de los romanos.
  3. Además, debemos recordar que los evangelistas se sintieron totalmente libres frente a los pormenores de tipo histórico o geográfico. Para ellos, lo prioritario no era la exactitud científica (histórico-geográfica), sino la verdad de la enseñanza de fe que estaban comunicando, para mantener vivo el recuerdo del mensaje y de la persona de Jesús.

 

  1. ¿Cuáles son los Evangelios “sinópticos”?

 Los tres primeros Evangelios que aparecen en nuestras ediciones de la Biblia, según el canon, se llaman “Evangelios sinópticos”: Mateo, Marcos y Lucas.

Estos tres Evangelios presentan un fenómeno único en la historia de la literatura: si los colocáramos en tres filas paralelas, con una sola mirada de conjunto podríamos apreciar la triple versión de los mismos relatos, con grandes afinidades y semejanzas, aunque también con sus propias características. Por este hecho fueron denominados “sinópticos”, porque en griego “synopsis” significa “perspectiva común”, en el sentido de yuxtaposición o paralelismo, que implica además el concepto de similitud. De hecho, los tres Evangelios (Mt, Mc y Lc) siguen el mismo orden, poseen substancialmente el mismo material y ofrecen tres narraciones paralelas de la vida de Cristo. El Evangelio de Juan, en cambio, tiene un contenido y un orden propio, compariendo con los sinópticos sólo un diez por ciento del material.

De una atenta comparación entre los Evangelios sinópticos podríamos llegar a las siguientes constataciones:    

  1. Los tres tienen una fuente común, con lo esencial de lo que pasó, incluso con las mismas expresiones y vocabulario.
  2. Cada uno de los tres, sin embargo, relata los hechos con un estilo diferente: Marcos es el más corto y narra los hechos sin hacerles comentario.
  3. Lucas introduce un detalle que le interesa destacar: la oración. Los hechos importantes de la vida de Jesús los rodea siempre de un ambiente de oración e intimidad con el Padre.
  4. Mateo, dado que escribe para los hebreos, necesita explicar a sus destinatarios el porqué Jesús, siendo Hijo de Dios, se hacia bautizar por Juan, y por eso se extiende en un diálogo entre Jesús y el Bautista.
  5. Los tres sinópticos siguen una misma línea cronológica, que en síntesis sería: infancia (Mt y Lc), el Bautista, bautismo y tentación, labor en Galilea, viaje a Jerusalén, pasión y resurrección.
  6. Jesús: para Mateo es el Maestro, el Señor, el Mesías esperado; para Lucas es el Salvador misericordioso; y para Marcos Jesús es el Hijo de Dios.  

En definitiva, acerca del “problema” o “cuestión sinóptica”, se puede decir que estos tres Evangelios dependen unos de otros, aunque sea muy difícil precisar en muchos puntos esa dependencia. Se sabe sí que Mt y Lc conocieron y utilizaron el evangelio de Mc; pero, por otra parte, hay gran cantidad de material común a Mt y Lc que no se encuentran en Mc (que fue el primero en escribirse). Además de esto, tanto Mt como Lc tienen parte de material exclusivo de cada uno, cuyas fuentes se desconocen. 
 

  1. ¿Qué son los evangelios “apócrifos”?

 

Llamamos evangelios “apócrifos” a una serie de escritos que fueron surgiendo desde los primeros siglos de la Iglesia, que también narraban hechos de la vida o enseñanzas de Jesús, pero que desde el comienzo no fueron considerados como inspirados, y por lo mismo no fueron incluidos en el canon o lista oficial de los libros bíblicos.

Algunos de estos libros inventaban acontecimientos o palabras, a veces con la piadosa intención de dar lecciones morales, y otras veces con el deseo de justificar ciertas ideologías y doctrinas ajenas al espíritu del auténtico Evangelio.

Por lo general, son escritos surgidos a partir del segundo siglo, atribuidos a algunos de los apóstoles, pretendiendo con esto darles autoridad; sin embargo, en sus discernimiento iluminado por Dios, la Iglesia no los aceptó en el canon de la Biblia, aunque algunos detalles o informaciones que consideró convenientes conservar de estos apócrifos, la Iglesia los incluyó en su Tradición. Los apócrifos más famosos son: “el protoevangelio de Santiago”, “el evangelio de Pedro” y “el evangelio según Tomas”, entre otros. 
 

  1. ¿Cuál es la relación entre los Evangelios y la Iglesia?

La relación que existe entre la Iglesia y los Evangelios es muy estrecha: de hecho, los Evangelios son, de alguna manera, producto de la Iglesia, en cuanto que dichos escritos surgieron del seno de las comunidades cristianas primitivas, por inspiración del Espíritu Santo; en los relatos evangélicos encontramos, precisamente, el testimonio y predicación de los apóstoles acerca de Cristo y la experiencia que las comunidades cristianas habían tenido del Resucitado y del Espíritu en la Iglesia naciente.

No se puede olvidar tampoco que la intención de los evangelistas cuando escribían sus libros, no era tanto hacer la biografía de Jesús, como ya lo hemos dicho, sino más bien suscitar, alimentar y robustecer la fe pascual de sus hermanos, a partir de la vida y mensaje del Cristo.

Siendo, pues, los Evangelios fruto de la Iglesia (por obra inspiradora del Espíritu Santo), es fácil comprender por qué ella se sintió siempre en el deber y derecho de conservar el sagrado depósito contenido en los Evangelios y de discernir y establecer cuáles Evangelios debían ser incluidos en el canon y cuáles no.

La Iglesia, simultáneamente, ha considerado siempre que los Evangelios constituyen su tesoro más precioso, en cuanto que contiene la palabra y la obra de su Fundador y Señor, Jesucristo. La Iglesia se empeña, por una parte, en comunicar y ofrecer los Evangelios al mundo, como camino de salvación; pero, por otra parte, se nutre y se deja interpelar constantemente por sus palabras y mensaje de vida eterna, que la impulsan siempre al servicio del Reino de Dios. En efecto, los Evangelios han sido desde el comienzo de la comunidad cristiana el instrumento primordial de su magisterio, de su catequesis y de sus celebraciones litúrgicas. 


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