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| SOBRE LA RESERVA DEL SAGRARIO |
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Custodia |
¿Cuántas veces al entrar a una iglesia, o templo, no nos hemos preguntado qué es lo más sagrado que allí se guarda? Esta es una de las preguntas con las cuales podemos acercarnos a este texto. Para ello se ha recorrido, o tenemos que recorrer algunos de los puntos de vista que nos presentan documentos como Introducción a la liturgia de Joseph Ratzinger, y algunos numerales del documento Redentionis Sacramentum. Ahora bien, el objetivo que nos proponemos no es otro que el de tener un breve acercamiento a la carga de significado que tiene el sagrario o el Santísimo. Por esta razón en las siguientes líneas encontraremos algunos datos históricos que nos puede ayudar a la reflexión personal para de este modo afianzar nuestra fe al Santísimo Sacramento
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En los templos del siglo I no hay traza alguna del sagrario. Su lugar estaba ocupado por el cofre que custodiaba la Palabra de Dios. Después se conoció el atar como tienda del tabernáculo. Se llegó a la forma del sagrario que hoy conocemos de modo gradual. En primer lugar, hubo un templete bajo de un baldaquín de mármol del que pendían lámparas encendidas. Todo ello ponía de relieve el carácter sagrado de lo que estaba en dicho templete. Entre las columnas del templete se colocaban unas cortinas. El sagrario como tienda del sagrario, como lugar de la shekhiná, de la presencia del Dios viviente, comenzó a desarrollarse en el siglo II como trabajado producto de encendidas disputas teológicas. En ellas se confirió un puesto predominante a la presencia permanente de Cristo en la hostia sagrada. Aquí nos sale al paso la ruinosa teoría de la mitificación de los orígenes y de la idealización del siglo primero. Se nos dice que la transubstanciación –es decir, la transfiguración del ser del pan y del vino–, la adoración del Señor en el Sacramento, el culto eucarístico en la custodia y las procesiones no serían sino desviaciones de la Edad Media. Se trataría de desviaciones de las cuales sería preciso apartarse de una vez para siempre. El don eucarístico sería sólo una cosa destinada a ser comida, pero nunca algo que hay que contemplar. Este tipo de eslóganes, o de planteamientos, nos inundan los oídos. La ligereza con que se hacen tales propuestas sólo puede causarnos sorpresa. Ellas no toman en consideración las profundas disputas habidas en la historia de los dogmas, en la teología y en el ecumenismo. Esas discusiones dieron a luz las conclusiones de los grandes teólogos del siglo XIX y de la primera mitad del XX cosa que parece haberse olvidado hoy.
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El talante de este texto no nos permite siquiera acercarnos a esas tomas de posición, sin embargo hemos de afirmar algunas cosas de interés. De modo abiertamente claro aparece en Pablo que el pan y el vino se convierten en Carne y Sangre de Cristo, que Él mismo, Resucitado, está presente en ellos y se entrega como alimento a través de las especies eucarísticas. Difícilmente podría ser pasada por alto la intensidad con la que en el capítulo 6 del evangelio de Juan presenta la presencia real. De la misma manera, los Santos Padres –pensemos en el mártir Justino o Ignacio de Antioquía, que se basan en los testigos oculares– no hay duda alguna sobre el gran misterio de esta presencia, ni sobre la transubstanciación de los dones eucarísticos durante la anáfora. Incluso un teólogo tan proclive a la espiritualización como san Agustín no manifestó jamás duda ante ello. Por el contrario, en él puede verse cómo la confesión de la Encarnación y de la Resurrección que se halla estrechamente unida a la fe eucarística en el cuerpo presente del Resucitado, fue capaz de transformar el platonismo. En Agustín se aprecia que la “carne y la sangre” adquieren una nueva dignidad y de qué manera todo ello condujo a la esperanza en la eternidad propia de los cristianos.
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A menudo se origina un equívoco referente a la importante confesión que nos brindó H. de Lubac. Estuvo siempre claro que el objetivo de la Eucaristía es nuestra propia transformación, de modo que lleguemos a ser “un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (cf. 1 Co, 6, 17) por nuestra unión con Cristo. Este conjunto de cosas contempladas en la Eucaristía que nos transfigura, que convierte a la misma humanidad en un templo viviente de Dios, que nos configura con el Cuerpo de Cristo, se expresó hasta la primera Edad Media con el apelativo de “corpus mysticum” . Advirtamos en seguida que en el lenguaje de los Santos Padres “mysticum” no tenía sentido de “mística” tal como hoy es usado este término. Más bien designaba a aquellos que se encontraban en el círculo del Misterio. Por esa razón se utilizó la palabra “corpus mysticum”, para llamar por su nombre al Cuerpo sacramental, a la presencia corpórea de Cristo en el Sacramento. Según los Santos Padres, se nos entrega este sacramento a fin de que seamos nosotros mismos los que nos convirtamos en “corpus verum”, es decir, en Cuerpo real de Cristo. La transformación del uso del lenguaje y sus formas de pensar condujeron a que, en la Edad Media, se tomara el “corpus mysticum” por “corpus verum” y viceversa. “corpus verum” –Cuerpo verdadero– se llamó, de aquí en adelante, al –Cuerpo místico–. El vocablo “místico” pierde el sentido de sacramental y se carga de significado “místico” o misterioso. Partiendo de esta mutación idiomática, tan cuidadosamente explicada por Lubac, algunos han creído poder decir que, en la concepción de la Eucaristía, se ha metido un desconocido. Se pretende incluso que, en la comprensión de la Eucaristía, ha hecho su aparición el naturalismo, y que la gran visión de los Santos Padres en su doctrina sobre el tema se ha evaporado en favor de la idea estática y unilateral representada por la presencia real.
Cierto es que un tal uso del lenguaje expresa también un cambio espiritual. Esta mutación no es susceptible de ser descrita de modo unilateral, tal como aparece en la tendencia que se ha tratado de señalar. Hay que reconocer que se perdió algo de la dinámica escatológica, es preciso decir que decayó el carácter comunional de la fe. Y si no se quiere llegar a tanto, al menos, puede pensarse que tanto el impulso escatológico como la índole de comunión de la fe menguaron, es decir, descendieron. En una parte de la Edad Media ya no parece tan vivo el Sacramento mismo –como se vio mas arriba– comporta una dinámica la cual tiende a la transformación de la humanidad y del mundo en los nuevos cielos y la nueva tierra dentro de la unidad del Cuerpo resucitado de Cristo. No obstante, jamás se olvidó del todo que la Eucaristía no tiene como finalidad primaria a los individuos. Se siguió creyendo que el personalismo eucarístico tiende a la unión, a la superación de los muros entre Dios y los hombres, entre el yo y el tú para dar lugar a un nuevo nosotros, realidad en la que estriba la comunión de los santos. Sin embargo, esto no se hallaba tan vivamente presente en la conciencia como antaño. Reconocerlo no está de más: la conciencia cristiana sufrió mermas en relación con este tema. No es menos cierto que debemos hoy intentar repararlas.
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Admitiendo que todo esto ha ocurrido, se ha dado también algún beneficio de conjunto. En efecto, el Cuerpo eucarístico del Señor nos quiere unir consigo para que todos nos convirtamos en su “verdadero Cuerpo”. Sin embargo, esto sólo puede ser posible en el acto eucarístico en la medida en la que el Señor le confiere su Cuerpo verdadero. Sólo el cuerpo verdadero del sacramento puede edificar el verdadero Cuerpo de la nueva ciudad de Dios. Esta visión de las cosas une ambos períodos y de ella hay que partir. La conciencia de la primitiva Iglesia tuvo siempre claro que el pan transubstanciado permanecía tal. He aquí el motivo por el que era conservado para ser administrado a los enfermos.
Este es el motivo por el que se le rendía adoración como todavía hoy sucede en la Iglesia oriental. Pero a medida que fue pasando el tiempo, esta conciencia fue llegando a un grado mayor de profundidad. El don se transubstancia. El Señor introduce en su propio ser este fragmento de materia, por lo cual no se contiene ya en ella una realidad puramente material, sino que Él mismo se hace presente en el pan y en el vino, Él, que no es susceptible de ser dividido, él que ha resucitado. Todo esto debe decirse de la Carne y de la Sangre, del cuerpo y del alma, de la divinidad y de la humanidad. El Cristo total se encuentra allí. En los albores del movimiento litúrgico se pensó que había que distinguirse entre la “consideración objetiva” de la Eucaristía, tal como parecía darse en el tiempo de los Padres, y una consideración personalista que tiene lugar a partir de la Edad Media .
Del libro: Introducción al espíritu de la liturgia
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