La Santa “fundadora” tenía en mente extender la reforma aun a los conventos masculinos de la Orden Carmelita, y su finísimo olfato le hizo ver en ese joven fraile, pequeño, sumamente serio, físicamente insignificante, pero rico interiormente, el socio ideal para llevar adelante su valiente proyecto. Inmediatamente el fraile, entonces de 25 años, demostró esa valentía y desde ese momento cambió su nombre por el de Juan de la Cruz, y puso inmediatamente mano a la reforma, fundando en Durvelo el primer convento de los Carmelitas descalzos. Pero el restablecimiento de la mística religiosidad del desierto le costó al Santo Fundador maltratos físicos y difamaciones. Murió en el convento de Ubeda, a los 49 años, el 14 de diciembre de 1591. Fue canonizado en 1726, y dos siglos después el papa Pío XI le confirió el título de doctor de la Iglesia. |