“Los exhorto, pues, a todos a obedecer y a ejercitar su paciencia, la que vieron con sus propios ojos, no sólo en los beatos Ignacio, Rufo y Zósimo, sino también en otros ciudadanos suyos, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles. Estén seguros que ninguno de ellos corrió en vano, sino en la fe y en la justicia, y que ellos están con el Señor, en el lugar que les correspondía por los sufrimientos que soportaron. Porque ellos no amaron el siglo presente, sino a quien murió por nosotros y que por nosotros fue resucitado por Dios”. Este maravilloso “llamamiento” lo dirigió san Policarpo a los cristianos filipenses.
Policarpo, al citar a san Pablo, estaba seguro de tocar el corazón de esos cristianos, como ya lo había hecho también al citar a ese otro campeón que fue san Ignacio de Antioquía, que se presentó a los filipenses encadenado durante su paso, camino hacia Roma, en donde según su deseo sería “trigo de Cristo” triturado por los dientes de las fieras.
Precisamente en compañía de san Ignacio y de san Pablo son citados san Rufo y san Zósimo. De ellos el Martirologio Romano refiere, con un juicio que depende del historiador san Abdón, que ellos “fueron del número de esos discípulos que fundaron la primitiva Iglesia entre los judíos y los griegos”. |