Era de noble familia, nació hacia el año 800 y murió en el 875. Tuvo el mérito de haber ofrecido a los cristianos un Martirologio, es decir, un calendario de santos distribuidos para cada día del año, que sirviera no tanto a los futuros historiadores cuanto a los devotos y llenase los vacíos dejados por Beda y Floro. Esta obra no sólo sirvió a la piedad cristiana, sino que fue también modelo, a pesar de sus muchos defectos, a los otros Martirologios que siguieron, sobre todo al Romano.
Ado había entrado, muy joven, a la abadía de Ferrieres-en Gatinais, diócesis de Sens, en donde fue compañero de Servato Lupo, el futuro abad. Las etapas sucesivas de su vida son el monasterio de Prüm en Lorena, Grenoble, Lyón, en donde lo recibió amablemente san Remigio, quien le confió la parroquia de san Romano. De Lyón, a donde lo habían llevado “el deseo de aprender y el amor por la vida tranquila” pasó a la sede episcopal de Vienne. La carta que el abad Lupo le escribió al conde Gerardo afirma que Ado es el hombre que se necesita para esa diócesis, siendo totalmente digno por la rectitud de vida y por la profunda cultura teológica.
Considerado uno de los más ilustres obispos de la Francia medieval, valiente, piadoso y activísimo tomó parte en varios sínodos, restauró la disciplina eclesiástica, ejerció una notable influencia en la política de su tiempo y fue tenaz defensor de la libertad de la Iglesia.
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