Este amor, “fuerte, inmutable y sin medida o reserva pero dulce, suave, perfectamente puro, perfectamente tranquilo”, fue la expresión, más elevada de una dulce comunión de almas, llevada sobre el filo de un difícil equilibrio entre amistad espiritual y razones del corazón. En todo caso, es el rostro inusitado de la santidad. Cuando los dos hijos que sobrevivieron ya podían valerse por sí mismos, Juana fue a vivir a Annecy, residencia de Francisco de Sales, y bajo su dirección fundó la “Congregación de la Visitación”. |