El valor doctrinal de esta festividad está expresado en la oración de la celebración litúrgica, que subraya el privilegio concedido a la futura Madre de Dios: “Oh Dios, que por la Inmaculada Concepción de la Virgen preparaste a tu hijo una morada digna de él...”, y la naturaleza de este privilegio, en cuanto no separa a María de la Redención universal realizada por Cristo: “Tú que la preservaste de toda mancha en previsión de la muerte de tu Hijo...”.
Antes de que Pío IX, con la Bula Ineffabilis Deus de 1854, definiera solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción, a pesar de las dudas de algunos teólogos, que podían apoyarse en santo Tomás de Aquino, hubo un desarrollo no sólo en la devoción popular hacia la Inmaculada, sino también en las intervenciones de los Papas en favor de esta celebración.
En 1708 Clemente XI extendió la fiesta a toda la cristiandad, y ya como fiesta de precepto. |

|