Poco después de su muerte, la beata María Victoria de Fornari-Strata se apareció a una admiradora-devota suya usando tres vestidos: el primero era de color oscuro, pero adornado con oro y plata; el segundo también era oscuro, pero adornado con joyas brillantes; el tercero era blanco-azul, con un blanco reluciente. Esta visión, prescindiendo de su historicidad, sintetiza los tres estados de vida (conyugal, viudez y religioso) por los que ella pasó: fue, efectivamente, hija, esposa, madre, viuda y religiosa (fundadora, superiora, simple monja). Su vida “ejemplar” dio testimonio de las más variadas virtudes. María Victoria nació en Génova en 1562, séptima de nueve hijos de Jerónimo y Bárbara Veneroso.
Como creció en un ambiente de amor y de piedad, y bastante austero, probablemente la niña quiso entrar en la vida religiosa, pero cuando los padres le encontraron un pretendiente en la persona de Angel Strata, se unió a él en matrimonio a los 17 años “con gran satisfacción y alegría de su parte”. Pronto llegaron los hijos: cuando Angel murió, sólo ocho años y ocho meses después del matrimonio, cinco muchachitos se agarraban a las faldas de la joven madre (tenía 25 años) y un sexto nacería un mes después.
Después las hijas se hicieron canónicas lateranenses y los hijos entraron entre los mínimos; ella se unió a Vicentina Lomellini-Centurione, a María Tacchini, a Clara Spinola y a Cecilia Pastori para dar vida a la Orden de las Hermanas Anunciatas Celestes en el monasterio preparado para ellas en el Castillito de Génova de Esteban Centurione, el esposo de Vicentina, que también se hizo religioso y sacerdote. Por su hábito, las religiosas fueron llamadas Turquinas o Celestes.
María Victoria pasó los últimos cinco años como simple religiosa, dando ejemplo de humildad y obediencia. Murió el 15 de diciembre de 1617, y fue beatificada por León XII en 1828. |