Con la solemnidad de la Navidad la Iglesia celebra “la manifestación del Verbo de Dios a los hombres”. En efecto, este es el sentido espiritual más importante y sugerido por la misma liturgia, que en las tres Misas celebradas por todo sacerdote ofrece a nuestra meditación “el nacimiento eterno del Verbo en el seno de los esplendores del Padre (primera Misa); la aparición temporal en la humildad de la carne (segunda Misa); el regreso final en el último juicio (tercera Misa)” (Liber Sacramentorum).
Al celebrar en este día el nacimiento de quien es el verdadero Sol, la luz del mundo, que surge de la noche del paganismo, se quiso dar un significado totalmente nuevo a una tradición pagana muy sentida por el pueblo, porque coincidía con las ferias de Saturno, durante las cuales los esclavos recibían dones de sus patrones y se los invitaba a sentarse a su mesa, como libres ciudadanos. Pero los regalos de Navidad se refieren más directamente a los regalos de los pastores y de los reyes Magos al Niño Jesús.
En Oriente se celebraba la fiesta del nacimiento de Cristo el 6 de enero, con el nombre de Epifanía, que quiere decir “manifestación”; después la Iglesia oriental acogió la fecha del 25 de diciembre, como se encuentra en Antioquía hacia el 376 en tiempo de san Juan Crisóstomo, y en el 380 en Constantinopla, mientras en Occidente se introducía la fiesta de la Epifanía, última fiesta del ciclo navideño, para conmemorar la revelación de la divinidad de Cristo al mundo pagano. Los textos de la liturgia navideña, formulados en una época de reacción contra la herejía trinitaria de Arrio, subrayan con acentos de cálida poesía y con rigor teológico la divinidad del Niño nacido en el pesebre de Belén, su realeza y omnipotencia para invitarnos a la adoración del insondable misterio de Dios revestido de carne humana, hijo de la purísima Virgen María. |