Nacida en 1850, última de 13 hijos, huérfana de padre y de madre, aceptó el cargo que le confió el párroco de Codogno para que ayudara en un orfanato. La joven, graduada de maestra hacía poco, hizo mucho más: reunió a algunas compañeras y formó el primer núcleo de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón, orientadas por un intrépido misionero, san Francisco Javier. Cuando Francisca hizo los votos religiosos tomó el nombre del Santo. Como él, hubiera querido partir también para China, pero cuando tuvo noticia del culpable descuido y del drama de desesperación de los miles y miles de emigrantes italianos que descargaban en el puerto de Nueva York sin ninguna ayuda material ni espiritual, Francisca Javier no dudó un instante en ir allí.
Murió sobre el surco, durante uno de sus tantos viajes a Chicago, en 1917. Su cuerpo fue llevado triunfalmente a Nueva York y enterrado en la iglesia contigua a la “Mother Cabrini High School”, para que estuviera cerca de los emigrados. |