La Iglesia honra como mártires a este coro de niños (“infantes” o “inocentes”), víctimas inocentes del sospechoso y sanguinario rey Herodes, arrancados de los brazos maternos en tiernísima edad para escribir con su sangre la primera página del libro de oro de los mártires cristianos y merecer la gloria eterna según la promesa de Jesús: “El que pierda su vida por mi causa, la reencontrará”.
Este episodio lo narra solamente el evangelista Mateo, que se dirigía principalmente a los lectores hebreos, y por tanto, se proponía demostrar la mesianidad de Jesús, en quien se habían cumplido las antiguas profecías: “Entonces Herodes, viendo que los Magos se habían burlado de él, se enojó violentamente y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su territorio, de dos años abajo, según el tiempo del que se había informado de los Magos. Y se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: una voz se oyó en Rama, llanto y lamento grande. Raquel lloraba a sus hijos y no quería ser consolada, porque no existían”.
Hoy, la celebración tiene un carácter alegre y ya no de luto como era al principio, y esto en sintonía con las simpáticas costumbres medievales que celebraban con esta ocasión la fiesta de los “pueri” (niños) de coro y de servicio al altar (monaguillos). Entre las curiosas manifestaciones recordamos la de hacer bajar a los canónigos de sus lugares cuando se cantaba el versículo: “Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles”. Desde este momento los niños, revestidos con las insignias de los canónigos, seguían dirigiendo el oficio durante todo ese día.
La nueva liturgia, ha querido conservar esta celebración, elevada al grado de fiesta por san Pío V, muy cerca de la festividad navideña, colocando las inocentes víctimas entre los “comites Christi” para rodear la cuna del Niño Jesús con un coro gracioso de niños, revestidos con las cándidas vestiduras de la inocencia, pequeña vanguardia del ejército de mártires que testimoniarán con la sangre su pertenencia a Cristo. |