Hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano de Santiago el Mayor, de profesión pescador, oriundo de Betsaida como Pedro y Andrés, ocupa un puesto de primer plano en la lista de los apóstoles. El autor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis fue considerado por el Sanedrín como “ignorante e inculto”, pero el lector que lea aun rápidamente sus escritos advierte no sólo la audacia de su pensamiento, sino también la capacidad de revestir con exquisitas imágenes literarias los sublimes pensamientos de Dios. La voz del juez divino es para él “como el murmullo de muchas aguas”.
Es el águila que con el primer aleteo se eleva a las vertiginosas alturas del misterio trinitario: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”.
En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección Juan está casi constantemente junto a Pedro; Pablo, en la Carta a los gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia.
Después de ser desterrado de Patmos, regresó definitivamente a Efeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres cartas, acogidas entre los textos sagrados como el Apocalipsis y el Evangelio. Murió en avanzada edad en Efeso durante el imperio de Trajano (98-117) y allá fue enterrado. |