Juan había nacido en Kanti, un pueblito de Polonia, en 1390. Estudió en Cracovia, en donde se graduó y fue ordenado sacerdote. Obtuvo la cátedra universitaria en un momento en que la controversia husita estaba al rojo vivo. Como profesor de teología, Juan participó en muchas disputas, recibiendo de sus opositores más insultos que argumentaciones objetivas. Cuando su humildad y su paciencia eran probadas al máximo, sin perder su habitual serenidad de espíritu, se limitaba a contestar: “¡Deo gratias!”.
Como preceptor de los príncipes de la casa real de Polonia, a veces no podía dejar de participar en reuniones mundanas. Un día se presentó a un banquete vestido muy pobremente y fue sacado por un sirviente. Juan fue, se cambió de vestido y volvió al palacio donde se ofrecía la recepción. Esta vez pudo entrar, pero durante el almuerzo un sirviente derramó un vaso de vino sobre su vestido. Juan sonrió y lo animó: “Es justo que mi vestido reciba su parte: gracias a él pude entrar aquí”.
Siempre se distinguió sobre todo por la caridad evangélica, absolutamente franciscana. Durante una de sus peregrinaciones a Roma, el carruaje en el que viajaba fue detenido y todos despojados por un grupo de bandidos. A Juan también lo despojaron de todo; pero al darse cuenta que en el fondo del bolsillo le había quedado una moneda de plata, corrió detrás de los bandidos diciendo: “¡Olvidaron esta!”. El biógrafo, que narra este episodio, afirma que los bandidos, conmovidos, restituyeron todo lo que habían robado. Murió en Cracovia a los ochenta y tres años de edad, en la noche de Navidad de 1473, y fue canonizado en 1767. La memoria del Santo, que se celebraba el 20 de octubre, paso al día más cercano a su muerte. |