La fiesta en honor de la Cruz se celebró por primera vez en el 335, con ocasión de la dedicación de las dos basílicas constantinianas de Jerusalén, la del “Martyrium” o “Ad Crucem” sobre el Gólgota y la de la “Anástasis”, es decir, de la Resurrección. La dedicación tuvo lugar el 13 de diciembre. Con el término de “exaltación”, que es la traducción del griego “Hypsósis”, la fiesta pasó también a Occidente, y a partir del siglo VII tenía la finalidad de conmemorar el hallazgo de la preciosa reliquia hecho por el emperador Heraclio en el 628. De la Cruz, robada 14 años antes por el rey persa Cosroe Parviz durante la conquista de la Ciudad santa, se perdieron todas las pistas en 1187, cuando le fue quitada al obispo de Belén que la había llevado a la batalla de Hattin. La celebración de hoy tiene un significado más elevado que el legendario hallazgo por parte de la piadosa madre del emperador Constantino, Helena. La glorificación de Cristo pasa a través del suplicio de la Cruz y la antítesis sufrimiento-glorificación se hace fundamental en la historia de la Redención: Cristo, encarnado en su realidad concreta humano-divina, se somete voluntariamente a la humillante condición de esclavo (la cruz, del latín “crux”, es decir, tormento, estaba reservada a los esclavos) y el infame suplicio se transforma en gloria imperecedera. Por eso la cruz es el símbolo y el compendio de la religión cristiana. La misma evangelización, realizada por los apóstoles, es la simple presentación de “Cristo crucificado”. El cristiano, aceptando esta verdad, “es crucificado con Cristo”, es decir, debe llevar cotidianamente la propia cruz, soportando injurias y sufrimientos, como Cristo, agobiado por el peso del “patibulum” (el brazo transversal de la cruz, que el condenado llevaba sobre la espalda hasta el lugar del suplicio en donde era clavado en el palo vertical), fue obligado a soportar los insultos de la gente por la calle que llevaba al Gólgota. Los sufrimientos que reproducen en el cuerpo místico de la Iglesia el estado de muerte de Cristo son una contribución a la redención de los hombres y una garantía de la participación en la gloria del Resucitado. Esta es la razón por la que los mártires cristianos han sabido soportar tantos sufrimientos. San Ignacio de Antioquía escribía: “Mi pasión está crucificada; en mí ya no existe el fuego de la carne. Ahora comienzo a ser discípulo... Prefiero morir en Jesucristo que reinar en todo el mundo. Lo busco a él, a él que murió por nosotros; lo amo, a él que resucitó por nosotros... Concédeme ser imitador de la pasión de mi Dios”. |