El sentido de la piadosa compasión del pueblo cristiano se expresa en la imagen de la “piedad”, es decir, de la Virgen Dolorosa, que sostiene en las rodillas al Hijo que acaban de bajar de la Cruz. Es el momento que recapitula el indecible dolor de una pasión humana y espiritual única: la conclusión del sacrificio de Cristo, cuya muerte sobre la Cruz es el punto culminante de la Redención. Pero como la muerte de Cristo está ya implícita, casi en germen, desde el primer momento de su existencia como hombre, también la compasión está implícita en aquel “fiat mihi secundum verbum tuum”, hágase en mí según tu palabra. Como madre, María acepta o soporta implícitamente el sufrimiento de Cristo en todos los momentos de su vida. He aquí por qué la imagen de la “piedad”, característica del arte gótico tardío y del Renacimiento (la más conocida es la “Piedad” de Miguel Angel), expresa sólo un momento de este dolor de la Virgen Madre. La devoción, anterior a la celebración litúrgica, ha establecido siete dolores de la Corredentora y que corresponden a los siete episodios que narran los Evangelios: la profecía de Simeón, la huída a Egipto, la pérdida de Jesús en Jerusalén cuando tenía doce años y había ido en peregrinación a la Ciudad santa, el viaje de Jesús hacia el Gólgota, la crucifixión, la deposición de la Cruz, la sepultura. Pero como el objeto del martirio de María es el martirio del Redentor, desde el siglo XV se tuvieron las primeras celebraciones litúrgicas sobre la “compasión” de María al pie de la Cruz, colocadas en el tiempo de la Pasión o después de las festividades pascuales. En 1667 la Orden de los Servitas, totalmente dedicada a la devoción a la Virgen (los siete Santos fundadores en el siglo XIII habían instituido la “Compañía de María Dolorosa”) obtuvo la aprobación de la celebración litúrgica de los Siete Dolores de la Virgen, que durante el pontificado de Pío VII fue incluida en el calendario romano y fijada para el tercer domingo de septiembre. Pío X estableció la fecha definitiva del 15 de septiembre, reducida en el nuevo calendario a simple memoria y no ya con el título de “Siete Dolores de María”, sino menos específica y más oportunamente: “Nuestra Señora de los Dolores”. Con este título honramos sobre todo el dolor de María aceptado en la redención mediante la Cruz. Junto a la Cruz es en donde la Madre de Cristo crucificado se convierte en la Madre del cuerpo místico nacido de la Cruz, es decir, nosotros hemos nacido, como cristianos, del mutuo amor sacrifical y sufriente de Jesús y de María. Por eso hoy se nos ofrece la devota y afectuosa meditación sobre la “Dolorosa”. |