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Testigos Paulinos



La primera e insustituible obra de apostolado seguirá siendo siempre la del trabajo personal de santificación. Esto es lo que han intentado en su vida todos los hijos e hijas del P. Alberione, pero especialmente cuatro de ellos, en quienes se manifiestan los signos de una santidad sublime, que la misma Iglesia quiere reconocer. De los cuatro está ya en curso el proceso de canonización.


El Beato P. Santiago Alberione


«Mírenlo ahí humilde, silencioso, incansable, recogido en sus pensamientos, que van de la oración a las obras, siempre atento a interpretar los signos de los tiempos. El padre Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para dar vigor y amplitud a su apostolado... Deja que el Papa, a nombre de toda la Iglesia, exprese su gratitud».


Así se expresa Pablo VI el 28 de junio de 1969. El padre Alberione es recibido en audiencia por el Papa, acompañado por los participantes al segundo Capítulo General y de una grande representación de Paulinos y Paulinas. En esta ocasión el Papa confiere al fundador de la Familia Paulina, la cruz "Pro Ecclesia et Pontifice".


Dos años más tarde, el 26 noviembre de 1971, por la tarde, Pablo VI visita en forma privada, al Padre Alberione agonizante. A las 18,26 del mismo dia el padre Alberione termina su existencia terrena. Las últimas palabras que ha dejado como testamento espiritual, a sus hijos e hijas son una invitación a la esperanza: "Muero... rezo por todos, Paraíso!".


ue beatificado por su santidad Juan Pablo II, el 27 de abril del año 2003.


SITIO OFICIAL DEL BEATO AQUÍ

El Beato P. Timoteo Giaccardo

Nació en Narzole (Cúneo) el 13 de junio de 1896. Siendo aún jovencito, se encontró con el P. Alberione e ingresó en el seminario de Alba. Sensible a las nuevas exigencias de los tiempos, abierto a los modernos medios pastorales de evangelización, en 1917, con el consentimiento de su obispo, pasó del seminario a la naciente Sociedad de San Pablo, como formador de los primeros aspirantes.




Fue el primer sacerdote paulino. En enero de 1926 le envió a Roma para abrir la primera casa filial de la Congregación. En 1936 regresó a Alba como superior de la Casa Madre.
Vicario general de la Sociedad de San Pablo, colaborador fidelísimo del Fundador, se prodigó sin reservas en favor de las Congregaciones paulinas, a las que él llevó como en brazos en su nacimiento, orientándolas hacia una profunda vida interior y hacia sus respectivos apostolados especificaos.


Ofreció su vida para que la Iglesia reconociese la congregación de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Y el Señor aceptó su ofrecimiento. Falleció el sábado 24 de enero de 1948, víspera de la fiesta de la Conversión de san Pablo y, entonces, memoria de los santos Timoteo y Tito, fidelísimos discípulos de Pablo.


El mismo P. Alberione trazó los rasgos de la figura de este hijo suyo y no dudó en definirlo como «fidelísimo entre los fieles». En su tumba están escritas unas palabras suyas que expresan su ideal y a la vez perpetúan su presencia: «Yo te pido, Jesús, divino Maestro, que mi sepulcro sea semilla de virginidad y mi paraíso una irrigación».
El 9 de mayo de 1985, Juan Pablo II firmó el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes.
Fue beatificado por su Santidad Juan Pablo II, el 22 de octubre de 1989.


El «Venerable» Maggiorino Vigolungo

Nació en Benevello (Cúneo) el 6 de mayo de 1904, de padres modestos, humildes trabajadores de campo, pero ricos en la fe. Inteligente, de temperamento vivaz; quería ser el primero en todo: en el estudio, en el juego, en el trabajo y en la bondad. Cuando se encontró con el P. Alberione, Maggiorino se confió a su orientación espiritual, dejándose entusiasmar por tres cosas que se convirtieron en su ideal: alcanzar pronto la santidad, hacerse sacerdote y llegar a ser apóstol de la buena prensa.




Ingresó en la Sociedad de San Pablo el 15 de octubre de 1916. A pesar de las dificultades, supo reaccionar con firmeza frente a los que se oponían a su opción. Escribía a su familia: «Rezad para que jamás traicione mi vocación, porque es la más bonita de todas.» Huyendo de la mediocridad, se propuso este programa de vida: «Progresar un poquito cada día». Y fue fiel a este propósito hasta la muerte, haciendo notables progresos en la virtud y en el apostolado.


A los catorce años cumplidos, afectado por una grave enfermedad, respondía al P. Alberione que le preguntaba si quería curarse o ir al cielo: «Quiero hacer la voluntad de Dios». Y mientras sus compañeros concluían un triduo de oración por él, el sábado 27 de julio de 1918, Maggiorino dejaba la tierra para irse al cielo. Sus últimas palabras fueron: «Salude de mi parte a todos mis compañeros; que recen por mí y que un día volvamos a encontrarnos todos juntos en el cielo». El Fundador escribió una sugestiva biografía suya, proponiéndolo como modelo para todos los jóvenes aspirantes a la vida paulina.


La sierva de Dios sor Tecla Merlo



Nació en Castagnito de Alba (Cúneo) él 20 de febrero de 1894. Transcurrió sus primeros veinte años en el ambiente familiar, escolar y parroquial, dedicándose al apostolado catequístico y a la formación de las jóvenes.


A los veintiún años se encontró con el P. Alberione, quien la invitó a colaborar con él en la organización del Instituto de las Hijas de San Pablo. Ella aceptó la invitación con docilidad y fe. Más tarde se le confió la principal responsabilidad en la guía de la nueva Congregación y se le llamó «Primera Maestra». En 1922, junto con otras jóvenes, emitió los primeros votos religiosos. Siempre precedió, dirigió y ayudó a sus Hijas, con el ejemplo, la palabra y la oración, en la «nueva vocación» que la Iglesia les había confiado.
Decididamente abierta a los «signos de los tiempos», sensible a las necesidades de la sociedad, realizó numerosos viajes a las diversas partes del mundo para encontrarse con sus Hijas. Movida siempre por el único fin de promover la gloria de Dios y el bien de los hombres, impulsó las iniciativas apostólicas, multiplicando y apoyando los Centros de difusión de la verdad, con los medios de comunicación social, con absoluta fidelidad a las
orientaciones del P. Alberione.


Murió el 5 de febrero de 1964, dejando a sus Hijas un rico patrimonio espiritual y la huella de un camino seguro en la Iglesia de Dios. Con ocasión de su funeral, el P. Alberione dijo de ella: «La Primera Maestra no era simplemente una superiora: es la Madre del Instituto. Tendréis otras superioras que desempeñarán el cargo y seguirán los ejemplos de la Primera Maestra, pero no serán las madres. Por tanto, debéis profundizar en su espíritu, recordar sus ejemplos, leer lo que escribía y, sobre todo, seguir sus consejos».


4. El siervo de Dios hermano Andrés Borello

Nació en Mango (Cúneo) el 8 de marzo de 1916. A los veinte años, el 8 de julio de 1936, respondiendo a la llamada del Señor, ingresó en la Sociedad de San Pablo como aspirante a Discípulo del Divino Maestro. Con el deseo de entregar su vida para la mayor gloria de Dios y bien de los hombres, se consagró totalmente al Señor con los votos religiosos. Quería colaborar en la obra de la evangelización con los medios de comunicación social. Se sentía indigno de tan inmenso don y pedía que le ayudasen con la oración: «Pedid al Señor que yo obtenga la gracia de la humildad».




Pensando en la belleza de su apostolado, decía: «¡Qué hermoso es estar unidos al sacerdote y sentir y atender junto con él a las necesidades de los hombres, como siente y atiende una madre a las necesidades de sus hijos!» Era tan grande su amor a la vocación y a la Congregación, que, con el consentimiento de su director espiritual, en marzo de 1948 ofreció a Dios su vida para que todos los llamados fueran fieles al don de la vocación.
Esta intención lo acompañó en oblación constante y sufrida hasta su muerte. «Hay algo que me produce una gran tristeza: el hecho de que algunos no sean fieles a su vocación», decía.


Pensando en la belleza de su apostolado, decía: «¡Qué hermoso es estar unidos al sacerdote y sentir y atender junto con él a las necesidades de los hombres, como siente y atiende una madre a las necesidades de sus hijos!» Era tan grande su amor a la vocación y a la Congregación, que, con el consentimiento de su director espiritual, en marzo de 1948 ofreció a Dios su vida para que todos los llamados fueran fieles al don de la vocación.
Esta intención lo acompañó en oblación constante y sufrida hasta su muerte. «Hay algo que me produce una gran tristeza: el hecho de que algunos no sean fieles a su vocación», decía.


El «Venerable» canónigo Francisco Chiesa



Nació en Montá de Alba (Cúneo) el 2 de abril de 1874. Cuando terminó sus estudios en el seminario de Alba, se doctoró en filosofía en Roma, en teología en Génova y en ambos derechos en Turín, de cuya facultad llegó a ser director colegial. Se distinguió en el campo de la enseñanza, a la que se dedicó durante más de cincuenta años, sobre todo en el seminario y en la Sociedad de San Pablo. Junto con la ciencia transmitió a los seminaristas y sacerdotes jóvenes el espíritu y las virtudes sacerdotales.


Fue apóstol de la pluma. Sus libros, con varias ediciones y traducidos a distintas lenguas, hicieron y siguen haciendo un bien inmenso. Durante treinta y tres años fue párroco de San Damián y canónigo de la catedral de Alba. Su parroquia llegó a ser un modelo en toda la diócesis por su actividad catequística, pastoral y litúrgica.


Muchos sacerdotes y fieles lo buscaron y apreciaron por su sabia dirección espiritual. Guió espiritualmente al P. Alberione, apoyó a la Familia Paulina en su fundación, acompañándola constantemente en su desarrollo.


A su muerte, acaecida en Alba el 14 de junio de 1946, el obispo mons. Luis Grassi lo definió como «el mejor de los hijos de la diócesis». El 11 de diciembre de 1987, el Papa Juan Pablo II promulgó el decreto por el que se reconocía la heroicidad de sus virtudes.
El secreto de sus cincuenta años de vida sacerdotal fue la meditación y profundización asidua de la Palabra de Dios, y la fidelidad a las dos horas diarias de adoración ante el Divino Maestro presente en la eucaristía.


Sierva de Dios, Hermana María Scolastica Rivata



Nació en Guarene (Cúneo - Italia), el 12 de julio de 1897. La vida transcurrida en el ambiente familiar, en el trabajo y en la parroquia, fueron para ella escuela y valiosa preparación para la total consagración a Dios.

El encuentro con el Beato Padre Santiago Alberione, fundador de la Sociedad de San Pablo y de las Hijas de San Pablo, fue decisivo para su vocación


Nació en Guarene (Cúneo - Italia), el 12 de julio de 1897. La vida transcurrida en el ambiente familiar, en el trabajo y en la parroquia, fueron para ella escuela y valiosa preparación para la total consagración a Dios.

El encuentro con el Beato Padre Santiago Alberione, fundador de la Sociedad de San Pablo y de las Hijas de San Pablo, fue decisivo para su vocación y misión.


Él mismo acogió en Alba a la joven Úrsula Rivata el 29 de julio de 1922.


El 10 de febrero de 1924, el mismo Beato daba comienzo a la institución de la Pías Discípulas del Divino Maestro, para que la nueva Familia religiosa "totalmente de Jesús Maestro, dedicada a la Adoración eucarística, al apostolado sacerdotal y litúrgico, se convirtiese en fuente de gracia, de la que se benefician las otras Familias religiosas, dedicadas más especialmente a la vida apostólica”.


Úrsula Rivata fue una de las primeras ocho jóvenes elegidas para la nueva fundación; a ella, convertida en sor Escolástica, le fue confiada la guía de las hermanas.


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