1. El autor. La tradición, ya desde san Ireneo, ha considerado a Pablo como autor de esta carta. Y así continúan pensando la mayoría de los autores, sobre todo por su semejanza con la de Filemón, de indudable autenticidad paulina. Hoy algunos, por las diferencias de vocabulario y estilo y por su más desarrollada teología respecto de las cartas mayores, la atribuyen a un discípulo de Pablo que habría pretendido hacer hablar al Apóstol en la nueva situación creada en Colosas. En el primer caso habría sido escrita en los años 54-57 (en Éfeso) o por los años 61-63 (en Roma). Los que niegan la autenticidad paulina la sitúan hacia el año 80.
2. Los destinatarios. Son los fieles de Colosas, ciudad situada al sur de la antigua Frigia, cerca de Laodicea, a unos 180 kms. al este de Éfeso. Ciudad rica y populosa en tiempos de Herodoto y Jenofonte (ss. V-IV), era una pequeña población en los días de Pablo. No fue evangelizada por Pablo, sino por Epafras, fiel colaborador de Pablo, quien, convertido probablemente en Éfeso por el Apóstol, fue enviado por éste a predicar el evangelio en Colosas (1,7; 4,12ss). En el momento de escribir la carta, Epafras se encuentra junto a Pablo.
3. Ocasión y finalidad. Están determinadas por las noticias que Epafras llevó a Pablo. Falsos doctores predicaban doctrinas muy peligrosas, cuya naturaleza no llegamos a conocer del todo porque el Apóstol se limita a refutarlas. Una triple tendencia aparece en ellas: judaizante (circuncisión), atribución a los ángeles de un papel de mediadores de la salvación por encima de Cristo y un ascetismo rígido que denota influencia de las religiones mistéricas, tan en boga entonces en el mundo helenista. Frente a tales doctrinas, Pablo tiene que afirmar la supremacía absoluta de Cristo y su mediación única y universal; él es quien con su sangre derramada en la cruz reconcilia todas las cosas.
4. División y contenido. Consta de: Introducción (1,1-14): saludo y acción de gracias. Parte dogmática (1,15-2,23): supremacía absoluta de Cristo en el orden de la creación y de la reconciliación; en él habita la plenitud de la divinidad, y es cabeza de su cuerpo, la Iglesia (1,15-23); participación de Pablo en la obra de Cristo con sus tribulaciones; el Apóstol ha recibido el encargo de predicar el misterio hasta ahora escondido (1,24-2,3); refutación de los errores (2,4-23). Parte moral (3,1-4,9): plan de vida cristiana, radicado en la unión con Cristo resucitado; exigencias negativas (renuncia al hombre viejo) y positivas (revestirse del hombre nuevo en Cristo); recomendaciones para todos los integrantes de la familia, oración y apostolado. Finalmente, un epílogo (4,10-18): saludos finales. |