1. Pablo, autor indiscutiblemente de esta carta, la escribe desde una prisión. La opinión tradicional y muchos autores hoy señalan la de Roma (años 61-63). Otros opinan que la compuso en una supuesta prisión en Éfeso, por los años 54-57. Se basan en la semejanza de esta carta con las cartas mayores, y en que se explicarían mejor los viajes que menciona la carta desde Éfeso a Filipos que desde la lejana Roma.
2. Tiene como destinatarios a los fieles de Filipos. Ciudad situada al norte del mar Egeo, en los confines de Macedonia con Tracia. Debe su nombre a Filipo, padre de Alejandro Magno, que la conquistó el 360 a.C. El 167 fue sometida a los romanos, y el año 31 Octavio le concedió el «lus italicum» (derechos y privilegios de los romanos). Pablo llegó a ella inducido por la visión del joven macedonio (Hch 16,9s), en la que Pablo ve los designios de Dios de pasar a predicar el evangelio en Europa. La respuesta de los filipenses a la predicación de Pablo fue maravillosa. Formaron la comunidad más amante y más amada del Apóstol. Con ocasión de la prisión le mostraron su profundo afecto, y Pablo guardó siempre de ellos el más profundo recuerdo (cf 4,1).
3. La ocasión y finalidad vienen determinadas por la prisión del Apóstol. Al tener noticia de ella, los filipenses se sintieron hondamente preocupados, y envían a Epafrodito con el socorro oportuno y el encargo de atenderlo en todo. Éste enferma tan gravemente que estuvo a punto de morir. Dios tuvo misericordia de él y de Pablo (2,27), y recuperó la salud. Pablo lo envió a Filipos para que su presencia alegrase a los fieles de aquella ciudad. Por medio de él les envía esta carta, en la que manifiesta a los filipenses su agradecimiento por su solicitud con el prisionero de Cristo y les exhorta a permanecer en el camino emprendido y a crecer cada día en la perfección cristiana, sobre todo en la caridad y en la imitación de Cristo. 4. La disposición y contenido son singulares. Consta de una introducción (1,1-11), el cuerpo de la carta (sin la distinción habitual en sección dogmática y moral) (1,12-4,19) y un epílogo (4,21-23). No es un tratado dogmático o moral, como las otras cartas, sino más bien una conversación íntima de padre a hijos, en que aquél goza y se congratula de la fidelidad y perseverancia de sus fieles, manifestando toda la ternura y afecto de su corazón, a la vez que los anima a perfeccionarse cada vez más. Es por lo mismo la carta en que mejor aparece el carácter personal de Pablo, su delicadeza de sentimientos, el afecto profundo que profesaba a sus fieles. Todo ello compatible y digno de admiración en el «hombre de hierro» que aparece a veces en Hechos y algunas cartas. No obstante, ocasionalmente, aparecen puntos doctrinales importantes a lo largo de ella, sobre todo los cristológicos en 2,5-11, que es una de las síntesis doctrinales más densas de la teología paulina. |